martes, 3 de noviembre de 2009

En mi casa me enseñaron bien


            Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:

Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.

Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.

            Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía. Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar. Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa. No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la Autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas. Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas.. Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.

            Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando los mayores hablan”. Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera. Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente. La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible. El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
            Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite). El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad. Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
            Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa. Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:

Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.


            Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es lo que nos arruinó.. LA INSOLENCIA. Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar
papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse uno vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:


- Pretender saberlo todo

- Tener razón hasta morir
- No escuchar
- Tú me importas, sólo si me sirves

            La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos. Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
            Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar. PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
            Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel. Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla. Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.

           Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada. Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa. Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío. Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.

¿A USTED QUÉ LE PARECE? ¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE?

Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.



Dr. Mario Rosen






jueves, 29 de octubre de 2009

Extractos de la Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros

[...]
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansias de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita, ¿y dónde están esos libros?
¡Libros! ¡libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso, Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía sed y no pedía agua, pedía libros, es decir horizontes, es decir escaleras para subir a la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: "Cultura". Cultura, porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
Y no olvidéis que lo que primero de todo es la luz.
[...]
Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces el pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerlo e inquietarlo y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia.
¡Y cuánto esfuerzo ha costado al hombre producir un libro! ¡Y qué influencia tan grande ejercen, han ejercido y ejercerán en el mundo!
Ya lo dijo el sagacísimo Voltaire: Todo el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: La Biblia, El Corán, las obras de Confucio y de Zoroastro. Y el alma y el cuerpo, la salud y las haciendas se supeditan y dependen de aquellas grandes obras. Y yo añado: todo viene de los libros. La Revolución Francesa sale de la Enciclopedia y de los libros de Rousseau, y todos los movimientos actuales societarios comunistas y socialistas arrancan de un gran libro; del Capital, de Carlos Marx.
[...]
Y sabed desde luego que los avances sociales y las revoluciones se hacen con libros y que los hombres que las dirigen mueren muchas veces como el gran Lenin de tanto estudiar, de tanto querer abarcar con su inteligencia. Que no valen armas ni sangre si las ideas no están bien orientadas y bien digeridas en las cabezas. Y que es preciso que los pueblos lean para que aprendan no sólo el verdadero sentido de la libertad, sino el sentido actual de la comprensión mutua y de la vida.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Reflexiones sobre la violencia


Carta ciudadana desde el Paraguay  (232) 
Propone hacer vacunaciones antirrábicas masivas:  Chester Swann*

Luque, Paraguay, 20  de octubre  de 2009.

Me llamó la atención el batifondo y la consternación colectiva que produjo el secuestro del ganadero Fidel Zavala, y la condenación —casi unánime— al gobierno de Lugo, a su ministro de lo Interior (así debe decirse) y a los “campesinos izquierdistas que promueven la violencia”.  Pero más me llamó la atención cómo los colorados pontifican doctoralmente y se rascan (sic) las vestiduras acerca del tema, cuando les sería más ético (¡mala palabra ésa para los bermejos!) callarse las bocas. Debieran recordar que su partido ha promovido el terrorismo de estado, el secuestro, el asesinato, la tortura y persecuciones durante seis décadas en el país sin ruborizarse siquiera.  Entiendo que en vez de hacer mea culpa, prefieren arrojar leña al nuevo gobierno, siguiendo la muy paraguaya costumbre de echar culpas en ajenos hombros.
Claro que Fidel Zavala tiene nombre y apellido de alcurnia vascongada y su secuestro sirvió para tapar a los más de cien campesinos asesinados durante esta muy “democrática” transición.  Nos mueve esto a olvidar a los cientos de humildes ciudadanos de a pie, asesinados por gamberros callejeros; por policías de gatillo fácil; son apenas números estadísticos sin mucha alcurnia y fortuna como para llorarlos y armar bulla por la prensa mediática.  Sí.  No vale la pena llorar por quienes no tuvieron siquiera oportunidad de comprar su vida con dos mil guaraníes de portazgo, o un celular pasado de moda.
La prensa recuerda sólo a quienes llevan cuentas bancarias, latifundios ganaderos y rancios apellidos de renombre social.  Pero debemos reflexionar si esta violencia no es fruto de las sangrientas semillas sembradas por los colorados… cuando eran felices y no lo  sabían; por militares corruptos y policías asesinos y una ciego fanatismo anticomunista impuesto desde Washington.  Claro  que es mejor “no mirar atrás” según dicen quienes tiene rabos pajizos altamente inflamables.
He recibido en mi correo instrucciones para agitar banderas blancas y sumarme al coro plañidero que reclama justicia para este probo hombre de trabajo y padre de familia.  Pero lamentablemente nunca tuve el gusto de conocerlo y me es tan extraño como Alien.  Aunque sí he conocido a muchas víctimas del terrorismo de estado y lo sentí en mi propia piel.  También sentí el terrorismo callejero cuando mi hijo fue agredido con una botella rota por borrachos —a metros de la comisaría de Luque y de un retén militar—, sin que nadie intervenga en su favor.  También estuve en una celda, a menos de dos metros de Escolástico Ovando y del capitán Ortigoza, en el cuartel central de la policía de la capital.  Pocos recuerdos agradables llevo de la violencia institucionalizada y de la que heredamos de esos años de plomo.
Siento mucho que el ganadero Zavala esté cautivo, pero desconfío que quienes lo hicieron formen parte de las roscas policiaco-miltares.  Una granada, explosivos cazabobos y armas de asalto de guerra no son asequibles en la ferretería ni en elsupermercado.  Son armas de la nación, proveídas por DIMABEL y ¿Qué hacen, unos campesinos desharrapados con modernos equipos de comunicaciones, logística y granadas militares?  Si ésos son guerrilleros, yo soy físico nuclear.  ¿Quiénes son realmente éstos, que dicen ser el EPP?
¡Averígüelo Vargas!… como decía el terrorista de la palabra Francisco Barreiro Maffiodo (a) “Poncho pytã” en Patria.  ¿Lo recuerdan?


*  Escritos, ex periodista, ex cantautor, ex humorista, ex artesano y cultor empedernido de variadas maneras de perder el tiempo sin perecer en el intento.

martes, 27 de octubre de 2009

¿Un pais más solidario?

Asunción  24 de octubre, llego a mi barrio y veo todas las casas con cintas flameantes, entro a la mia y la misma cinta blanca me sorprende. Mis padres – católicos – dicen que la iglesia repartió las cintas y en nombre de la paz pidió a todos sus súbditos que se unan a esta causa. No tengo religión más que intentar cada día ser un ser humano de bien, pero no viene al caso. Ahora, nosotros como pueblo ¿debemos movilizarnos cada vez que hay un secuestro de gente acaudalada? ¡Que importante es el dinero! digo, porque he escuchado varias historias parecidas a esta, cuerpos desaparecidos de indígenas, campesinos y campesinas, niños y niñas de ese sector desprotegido, nunca hubo apoyo masivo de la ciudadanía a estos casos, nunca hubo justicia para ellos, estos casos se dejan pasar porque detrás de ellos hay una vida de seres sin importancia, sin títulos de “Don” y sin un sorete de dinero que negociar, que ganar, que perder. Lastimosamente a los medios no les interesa tanto el sector de los más necesitados y... dicen que tenemos que poner la cintita blanca, lo dice la Iglesia, lo dicen todos, también andan diciendo que hay que solidarizarse con este caso y hacer causa común porque a cualquiera, sin importar la clase social, le puede pasar. Me da risa, realmente, hace mucho que los sectores de la plebe vivimos este tipo de agresiones, no se sabe nomás porque no es “Noticia”. Espero de corazón que aparezca este señor, pero también algún día espero que estos ganaderos o empresarios, etc., también hagan causa común con las cosas que le suceden a los nuestros, sin importarles sus cuentas bancarias, que las monarquías iglesiásticas, que el estado, que toda esa masa se una para proteger a los más necesitados.
Es mi frustración, no reniego en contra de las clases, me quedan dos opciones, unirme a este sistema e intentar ver las cosas en forma simple y sin profundidad, dejar de escuchar, dejar de pensar y vivenciar realidades tristísimas o angustiarme para siempre por querer mantener mi ideología.
Vuelvo a aclarar: Ojala este Zavala aparezca pronto y dejen de manipularnos aquellos que quieren más poder, simplemente nos tienen de fantoches y estamos siendo utilizados, quién sabe por quienes, todo viene de la mafia, de la política y de la insaciable sed de poder.
Yo, tú, él, nosotros, ustedes, ellos (Todos) estamos siendo utilizados.
Si vamos a hablar de justicia, unámonos todos como pueblo y defendamos a todos los sectores, no seamos excluyentes y no midamos la gravedad de lo que ocurre solo cuando esto sucede a ciertas personas de la sociedad.
Conclusión.
Definitivamente, no me uno a este sistema y soy conciente de que si no enloquezco hoy, enloqueceré mañana, pero si esta causa es mi locura, bienvenida sea por siempre.
Gracias por leer.
Si quieren difundir esto pueden hacerlo, y si no, no sé, si quieren responder respondan, pero piénsenlo por lo menos.


Nati Lamiga